El eco de tu voz
retumbó en mi
corazón
tan fuerte
que lo rompió.
Comenzaba a hacer frío en mitad de un invierno poco
compasivo, el cielo estaba pintado de gris y el sol tenía terror por asomarse
para chocar con mis ojos. Me balanceé en la butaca que siempre tenía
descansando en el patio e imaginé que la realidad era una pesadilla y que me
despertaría buscando el calor de tus brazos. El café que estaba reposando en la
mesa se enfrió y nuestro amor estalló. Corrí, te juro que lo intenté, pero me
di cuenta de que no podía escaparme de tu recuerdo cuando todavía estabas
encerrado en mí.
Escuché la lluvia mientras bailaba a su compás: tropezándome
con su melancolía y perdiéndome en su melodía. Esperé que tus brazos rodearan
mi cintura y acariciaras la piel de mi nuca con tus labios para después depositar
un leve beso. Cerré los ojos y lo sentí sin tenerlo. Caminé descalza y desnuda
por dentro, me perdí entre las gotas de lluvia y la realidad que derramaba cada
una de las lágrimas.
Y entonces vi la tormenta llegar, con una sonrisa preciosa
y una mirada brillante.
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