viernes, 9 de marzo de 2018

Seguían mirándose...


Él la miraba mientras leía el periódico y balanceaba el lápiz que utilizaba para resolver el crucigrama. Ella era ajena a la mirada desconocida y estaba impregnada en el olor del café amargo que reposaba en la mesa junto a los sobres de azúcar intactos y las servilletas llenas de garabatos en forma de intentos de palabras. El cielo estaba nublado, las nubes jugaban al escondite y todas eran ganadoras. No se podía ver ninguna de ellas. Según la mujer que hablaba en el canal del tiempo que tenía puesto el propietario del bar al que frecuentaba ir, existía un noventa porciento de posibilidad de lluvia. A ella le entusiasmaba la idea y a él también. Ambos amaban la lluvia y no eran consciente de que ese sentimiento se multiplicaría esa tarde de marzo.

Cuando ella levantó la vista coincidió con la de él. Fue un choque improvisado que no duró más de un par de segundos. Él se refugió tras la carta del bar haciéndose pasar por un hombre que ansiaba comer uno de los dulces que estaban escritos en orden de precios, ella volvió a mirar el crucigrama casi completado -es demasiado complicado, pensó- pero para ser sincera desde que vio la mirada intensa del chico que descansaba dos mesas más lejos de la suya no pudo pensar en garabatos ni en esa palabra que tenía nueve letras y la definición no llegaba a captar: Apolo y Hércules como conductores de las musas.

Pensó.

Miró con disimulo al chico.


Él la miró.

Se escondió tras la carta.

Volvió a mirarla.

Y en un cruce, ambos sonrieron. Y comenzó a llover, asustando a algunas de las personas que descansaban en el interior del bar por el impacto de la lluvia contra el suelo. Ellos no se asustaron, ni si quiera se inmutaron, siguieron mirándose. La televisión comenzó a proyectar diferentes videoclips y la voz de Calum Scott se apropió de todo el local. Algunas personas entraban con la ropa empapada, otras salían corriendo y otras tantas pedían un nuevo café mucho más caliente que el anterior. Pero ellos seguían mirándose.

Ella se levantó y ocupó una de las sillas que rodeaba la mesa que estaba en medio de ambos. Él, un tanto confundido, siguió sus movimientos. Estaban cara a cara. Y seguían mirándose. Sonriendo. Qué dulce forma de hablar. Sintieron que el volumen de la música aflojó, los murmullos desaparecieron y las personas con ellos.

Seguían mirándose…

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