Él la miraba mientras leía el periódico y balanceaba el
lápiz que utilizaba para resolver el crucigrama. Ella era ajena a la mirada
desconocida y estaba impregnada en el olor del café amargo que reposaba en la
mesa junto a los sobres de azúcar intactos y las servilletas llenas de
garabatos en forma de intentos de palabras. El cielo estaba nublado, las nubes
jugaban al escondite y todas eran ganadoras. No se podía ver ninguna de ellas.
Según la mujer que hablaba en el canal del tiempo que tenía puesto el propietario
del bar al que frecuentaba ir, existía un noventa porciento de posibilidad de
lluvia. A ella le entusiasmaba la idea y a él también. Ambos amaban la lluvia y
no eran consciente de que ese sentimiento se multiplicaría esa tarde de marzo.
Cuando ella levantó la vista coincidió con la de él. Fue un
choque improvisado que no duró más de un par de segundos. Él se refugió tras la
carta del bar haciéndose pasar por un hombre que ansiaba comer uno de los
dulces que estaban escritos en orden de precios, ella volvió a mirar el
crucigrama casi completado -es demasiado
complicado, pensó- pero para ser sincera desde que vio la mirada intensa
del chico que descansaba dos mesas más lejos de la suya no pudo pensar en
garabatos ni en esa palabra que tenía nueve letras y la definición no llegaba a
captar: Apolo y Hércules como conductores de las musas.
Pensó.
Miró con disimulo al chico.
Él la miró.
Se escondió tras la carta.
Volvió a mirarla.
Y en un cruce, ambos sonrieron. Y comenzó a llover,
asustando a algunas de las personas que descansaban en el interior del bar por
el impacto de la lluvia contra el suelo. Ellos no se asustaron, ni si quiera se
inmutaron, siguieron mirándose. La televisión comenzó a proyectar diferentes
videoclips y la voz de Calum Scott se apropió de todo el local. Algunas
personas entraban con la ropa empapada, otras salían corriendo y otras tantas
pedían un nuevo café mucho más caliente que el anterior. Pero ellos seguían
mirándose.
Ella se levantó y ocupó una de las sillas que rodeaba la
mesa que estaba en medio de ambos. Él, un tanto confundido, siguió sus
movimientos. Estaban cara a cara. Y seguían mirándose. Sonriendo. Qué dulce
forma de hablar. Sintieron que el volumen de la música aflojó, los murmullos
desaparecieron y las personas con ellos.
Seguían mirándose…
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