La ciudad había caído a tus pies, y todas las sonrisas se congelaron junto al tiempo. Te quedaste quieta, observando los gestos inmóviles y los pájaros que estaban a punto de cantar su melodía, no dudaste en mirar las parejas que permanecían a tu lado mirándose a los ojos como si no hubiera agujas del reloj que les detuvieran, entonces llegaste a entender el poder del amor. Esa sensación de que el tiempo deja de importar y los segundos son más bonitos susurrando te quiero, dejas de llegar impuntual y olvidas el reloj en casa.
Las noches acaban juntándose con las mañanas y tú sigues de su mano sin pensar en cuánto tiempo quedará para seguir disfrutando antes de ir a casa, sin esa decepción de tener que decir adiós. El tiempo deja de ser tiempo, y todo se para cuando sus ojos acarician los tuyos con tanta suavidad como tus manos juguetean por debajo del mantel de la mesa de vuestra cafetería favorita en Gran Vía.
Entonces todo vuelve a la normalidad, las sonrisas comienzan a transmitir alegría, los pájaros comienzan a cantar y la pareja se besa.
Y tú, con decisión, paras el reloj que permanece en tu muñeca y miras como camina hacia a ti haciendo que tus sentimientos comiencen a aflorar, tus piernas a temblar y el tiempo a desaparecer.
No hay comentarios:
Publicar un comentario