No intentes decirme que no. Yo sé que sí. Que eres tú, tan así, que acabo acostumbrándome a algo que antes odiaba y ahora solo me gusta por ti. O me gustas tú. Mejor así, que a veces parece que el corazón se queda mudo por el miedo a hablar. Que hable, grite y diga. Con signos de exclamaciones para que borre tus interrogaciones. Ya no más dudas. Me cansa, me harta, me puedes. Y que se callen los susurros inventados de una mente con obstáculos que no entiende que cuando me miras todo acaba yéndose a la mierda. Los noes, los pero y las auto-mentiras. Y yo mientras tanto te sigo mirando, sin importarme que las agujas del reloj sigan moviéndose y mis latidos intenten seguirlo sin ser consciente que, si tú estás en frente, la carrera está ganada. Y cuando tus manos acarician la mía, la estúpida cordura desaparece y solo quedamos los dos. O nosotros, si podemos llamarnos así.
Y sigues intentando decirme que no. Pero yo sé que cuando me acerco, no te alejas. Y bendita sensación, sin oscuridad ni vacíos, con arcoíris y mariposas. Y que, si tartamudeo, sonríes. Y sé que sí. Que el pasodoble que bailan nuestros corazones están en el escenario perfecto para el beso.
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